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jueves, 15 de mayo de 2014

Capitulo 51 (Tercera Temporada)

BILL

El video mostraba claramente a una (name) de pelo recogido a la rápida, frente escarchada y sonrisa débil sosteniendo visiblemente a una pequeña criatura sonrosada y dormida. Le daba besos en la cabellera y frente admirando la firme belleza de sus rasgos como si se tratara de la mismísima Mona Lisa. Gaspard, quien portaba la cámara, hacía bromas respecto a lo terrible que fue presenciar un nacimiento natural y sobre las caras extrañas que hacía (name) al pujar, pero no reí porque estaba completamente embelesado con el bebé en sus brazos

Era mi hijo. Alexander Kaulitz. Pesó 3.5 kilos, parto natural y completamente sano. Era hermoso ver cómo amoldaba su pequeña cabeza en el pecho de (name) refugiándose en su calor y en el sonido de su corazón. El pequeño bebé tenía ropas celestes que resaltaban su género, tenía la nariz sonrosada y las pestañas espesas. ¿Cómo es posible no maravillarse al verlo? Era mi hijo, mi sangre y el fruto del amor que yo y (name) nos tuvimos hace dieciocho años atrás.
El siguiente video, mostraba a una mujer enseñando a un niño de cabellos rubios a caminar. Era gracioso, sin embargo algo en los ojos de (name) denotaba tristeza. El pequeño reía ante el contacto de sus pies con la hierba, balbuceaba y sonreía mostrando sus dulces ojos a la cámara frente a él. Golpeó la cámara y la mujer que filmaba se rio tomando en brazos al pequeño y los enfocó a ambos. Era Lily, la hermana de Gaspard.

A medida que las grabaciones avanzaban, el pequeño iba creciendo y hablaba más fluido, caminaba, saltaba, corría y jugaba con… espera, ¿ese era Milo? Dios, ya casi olvidaba a ese perro. Tenía una compañera de juegos, Bianca, pero ella no parecía ser de su  completo agrado ya que graciosamente la ignoraba. Pero al pasar el tiempo, quien grababa era (name), quien se encontraba sola con el pequeño niño. Ella lo crio sola y eso era lo que más me dolía; perderme la vida de mi hijo durante todos sus años.

Las fotos, mostraban ecografías, un niño sonriendo con un pequeño agujero en su boca y trofeos en sus brazos, dibujos… y a ella con una panza gigante que levantaba sus camisetas, vestidos y tops. Sonreía abiertamente con ojos dulces tocando siempre su vientre. Había una muy graciosa donde ella tenía la lengua azul, un refresco del mismo color en la mano, lentes con forma de corazón y una camiseta que decía con letras rojas “Futura Mamá” y que dejaba entrever su ombligo. Ni si quiera había perdido ese toque jovial con los años.

Copié cada archivo en mi laptop y para cuando desvié por primera vez la mirada de la pantalla, (name) estaba durmiendo en una posición visiblemente incómoda en el sofá. Ella, la Invasora, estaba en mi sofá, en mi casa y en el fondo de mi corazón lo quisiera o no.

¿Por qué nunca comprendí todo lo que ha vivido? ¿Por qué nunca vi que realmente sufrió mucho? Me habría encantado estar con ella cuando nació nuestro hijo, tomar su mano, besar su frente, animarla, y mencionarle lo hermoso que es nuestro bebé mientras lo cargo en mis brazos. Le habría propuesto matrimonio cuando nuestro hijo tuviera la memoria suficiente para guardar ese recuerdo de sus padres como suyo, habríamos comprado una casa en el campo y habríamos hecho el amor cada noche como un ritual sagrado.

Sus ojos estaban cubiertos de una tenue capa gris independiente de la sombra de sus pestañas. ¿Sería demasiado tarde para reparar nuestra relación? Porque ella era mi droga, mi adicción, mi amor y la dueña de mi corazón lo quisiera o no. Siempre sería ella, siempre volvería a ella como un perro a su amo porque no podía vivir sin todo su ser. Me odiaba a mí mismo por no estar con ella durante todos estos años, por perderme tantas cosas.

Habríamos sido la familia que tanto soñé, seríamos felices y no estaríamos parados en este punto donde nuestro hijo yacía desaparecido y la distancia abismante entre (name) y yo seguía creciendo. Quisiera regresar al pasado y cambiar esa noche en la que ella se fue, detenerla y recordarle que siempre estaría con ella y la protegería de todo mal.

No sé en qué momento abrió sus ojos y me observó como si me viera por primera vez en la vida. La luminosidad que desprendía su mirada parecía irreal, como todas aquellas veces que soñé con ella tras su partida. No había rastro de odio y rabia, pero sí de pena como si no pudiera descansar la mente ni en sus sueños. Estábamos tan cerca que podía notar las pelusas en sus ojos nadando en el color cuando pestañaba, sus labios mordidos, las mejillas sonrosadas con el calor de la chimenea y una leve línea de expresión entre sus cejas… todo ella me encantaba, de principio a fin. Jamás podría odiarla lo suficiente como para separarme de la Invasora.

La alcé en mis brazos sin importarme su oposición y su suave quejido. Si iba a dormir, lo mejor sería que fuera en una cama. Sus piernas estabas frías contra mi piel, pero ignoré eso ante el detalle de tenerla tan cerca de mí con su respiración haciendo cosquillas en mi piel y su cuerpo totalmente amoldado al mío. Era como si el tiempo y la distancia no hubiesen pasado por nosotros. Subí las escaleras con el mayor cuidado posible tratando de no alterar su sueño, besé la coronilla de su frente cuando soltó un suspiro y seguí con mi camino totalmente en paz conmigo mismo.

¿Hace cuánto que no me volvía a sentir tan tranquilo? Sé que no podía estarlo, nuestro hijo estaba perdido en no sabemos qué parte y yo pensaba en (name) como si fuera mi centro. Y lo era, sólo que no podía serlo mientras faltara Sascha. Me sentía egoísta al pensar en (name) y olvidar a Alexander, pero una parte de mí insistía en que merecía su atención por un instante, y volver a sentir que aún me quería como antes.

Pateé la puerta de mi pieza siendo silenciada por la tormenta eléctrica. Entré aún con ella en mis brazos y me acerqué a la cama como si fuera un ritual sagrado depositar a (name) en ella. Miré su rostro sonrosado bajo la penumbra, sus ojos brillantes totalmente atentos a cada uno de mis movimientos, como si me vigilara. Me senté junto a ella y puso sus manos a cada lado cuando me dispuse a observarla en su totalidad. No habían más tatuajes, ni heridas sangrando ni arrugas o manchas… sólo piel tersa, suave y…

-Rompí un ventanal y me llevé la peor parte –susurró cuando deparé en una línea torcida en su muslo, lo suficientemente rosa para ser percibida con la luz del exterior.

-¿No te hiciste más… cirugías? Quiero decir, para borrar las cicatrices y…

-No.

-¿No?

Negó con la cabeza como si el solo hecho de hablar fuera un gran esfuerzo en ella. Pero yo quería hablar con ella de manera civilizada, como si no estuviésemos sumidos en nuestros días más oscuros, sino que en plena luz y alegría.

-¿Por qué?

-¿Borrarías lo que tu padre hizo a tu madre?

Vaya, en todo este tiempo, jamás deparé en eso como algo posiblemente fácil de suprimir en mi vida. No esperó una respuesta porque ya la sabía de antemano, puso su brazo en la frente ocultándole en parte los ojos y el cansancio reflejado en ellos.

-Comprendí que ellas me hacen ser lo que soy, Bill. Cada herida es una lucha por salvar mi vida y la de mi hijo, por llegar junto a él sin daño alguno y ver su sonrisa brillante.

Tapé su cuerpo con las sábanas sin esperar palabra alguna. Sentía que una barrera gigante y gruesa se interponía entre nosotros por mucho que quisiera demolerla, casi podía cortar el aire con unas tijeras de lo tenso que se sentía. Pero ella no parecía percibirlo, porque lucía tan cansada que sus ojos se cerraban solos. 

Cada pregunta, frase y mínima palabra que salía de mi boca, parecía ser un veneno tóxico que quemaba los oídos de mi Invasora, y sus respuestas dolían en mí como si fueran un puñal cruzando mi garganta.

Sin embargo sentía que era algo tan inevitable, porque no me podía quedar quieto sabiendo que el silencio se prolongaría y no tendría la oportunidad de tener su atención. Necesitaba hablarle, herirla con mis palabras y ella dañarme con sus respuestas. Un intercambio masoquista, pero era lo único que me haría volver a la vida y tener sus sentidos enfocados en mí.

-¿Alguna vez… preguntó por mí?

-¿Alexander? –susurró como si le costara cada vez más hablar.

-Sí.

Sonrió, una débil y suave muestra de parecer complacida con la pregunta. Quitó su brazo de su frente y lo puso en mi mano. Estaba tibia y suave, y mucho mejor de lo que parecía recordar.

-Desde que empezó a relacionarse con niños empezó a preguntar por ti. Los demás fueron crueles con él y decían que era huérfano y que nadie lo quería, de hecho, más de una vez tuve que cambiarlo de escuelas, jardín de infantes o guarderías.

-¿Qué le decías?

-Lo distraía con juguetes, juegos o dulces. Jamás le dije que estabas muerto o que no sabías de él. Nunca negué nada ni tampoco afirmé.

-¿Cómo… cómo era en su niñez?

Cada palabra que salía de ella, me hacía querer estrecharla entre mis brazos como si no hubiera un mañana. Quería recuperar a mi hijo, formar una familia y volver a hacer que (name) me amara. Entrelazó nuestros dedos y yo presioné firmemente nuestras manos como si ella hablaran por el resto de nuestros cuerpos.

-Cuando nació, lloraba mucho. Me amanecía con él en casa y en hospitales. Los doctores decían que eran cólicos y era normal, pero yo presentía que le faltabas y notaba tu ausencia… y así fue. Compré uno de tus discos, y eso parecía relajarlo y callaba.

-Vaya… mi pequeño fan.

-Luego dio sus primeros pasos y primeras palabras. Ahí dijo “mamá”. Después perdió su primer diente y…

-¿Cuánto dinero pusiste bajo su almohada?

-Su primer dólar.

-¿¡Uno!? Yo le habría puesto cincuenta euros.

-Era un niño, Bill. ¿Qué iba a saber de cuánto era eso? –se rio dulcemente y mi sonrisa se agrandó más junto a la suya.

-Vale, vale. ¿Su primera caída? Una fuerte, quiero decir.

-En bicicleta a los cuatro. Se enterró una espina y tuve que llevarlo al hospital.

-¿Su primer beso?

-Humm… creo que a los cinco con una niña con aspecto de muñeca. Era linda, pero chillona.

-Vaya, debió sacar de mí lo precoz.

-¡Bah! Yo di mi primer beso en… oh, no lo recuerdo.

-El primer beso jamás se olvida.

-Pues yo lo olvidé.

-Bueno… ¿su primera novia?

-A los doce, se llamaba Lisa.

-¿Eso quiere decir que él… él ya no…?

-No.

-¿Cuándo?

-No lo sé. Pero cuando quise darle la típica charla sobre los cuidados que debía tener, me dijo que ya era demasiado tarde y que no me preocupara porque era muy cuidadoso.

-Vaya… realmente parece aprender rápido.

-¿Algo más?

-¿Por qué de repente estás en Alemania?

Eso pareció descolocarla, como si no esperara que la pregunta fuera directamente dirigida a ella. La sonrisa se difuminó y pasó a ser una simple mueca. Sus ojos se cerraron y algo en mí se empezó a desesperar cuando se demoró en responder.

-Cada cinco años, cambiamos de país. Alexander siempre escoge al azar nuestro próximo destino con un almanaque, y bueno… de alguna manera terminamos acá y no me opuse porque era imposible que te encontrara entre tantos millones de personas.

-Pero así fue.

-Sí.

-¿Puedo… dormir contigo? Digo, sólo dormir y descansar porque esta también…

-Es tu cama, Bill. Tú decides qué haces en ella.

¿Dónde se había ido la mujer que sonaba tan dura, fría y controlada? Sus ojos me observaban con esa luminosidad que parece hacerla única. La veía y sólo podía pensar en todos aquellos momentos en donde nuestras pieles se fusionaban y el mundo desaparecía tras nosotros. Dolía tanto que ahora fuera diferente, que no desapareciera la tensión entre nosotros que no pudiera tocarla sin lastimarnos.

Me deslicé entre las sábanas junto a ella sin quitarme la ropa, sin si quiera mirarla porque me derrumbaría. Me sentía tenso, ansioso y con hambre de ella. La adicción a la droga de la Invasora parecía hacerse más fuerte con el pasar del tiempo. Me puse de espaldas a ella alejándome lo máximo para no perder la cordura. Podía oír su respiración pausada, el susurró de las sábanas rozando su piel, el movimiento de sus piernas y apostaría a que los latidos de su corazón. Toda ella me llamaba como las sirenas a los pescadores. No podía cerrar los ojos y tratar de dormir, me costaba un montón hacer como si no tuviera al amor de mi vida atrás de mí.

-¿Bill?

Su susurro despertó aún más mis sentidos, mis músculos y pensamientos. ¿Acaso ella tampoco podía estarse quieta junto a mí o le incomodaba mi presencia? No me giré porque quería ver su reacción, saber si así se dormiría más rápido y así descansaría, eso sería lo mejor. Así ambos podríamos renovar energías y continuar con la búsqueda de nuestro hijo.

Oh… Nuestro hijo. Sonaba tan bonito, peculiar y fluido, que parecían ser palabras que ya formaban parte de mí y que simplemente creía olvidadas.

Se movió detrás de mí y rápidamente cerré los ojos fingiendo estar dormido. No sé qué habrá hecho, pero por un instante los movimientos cesaron y comencé a cuestionar mis dotes de actor calificándome como el peor del mundo. Algo hizo cosquillas en mi brazo, fue tan leve que duró menos que un pestañeo.

-Bill…

Lo escuché tan cerca, tan suave y tan dulce que creí perder el control. ¿Qué pasaba con ella y conmigo? ¿Por qué de repente era ella la que parecía estar más despierta que nunca? Un mechón de su cabello rozó mi mejilla, picando levemente mi piel. Estaba tan cerca, que podía sentir el aroma de su piel y el aire de su respiración. Debía estar sentada de alguna manera que no se rozara su cuerpo con el mío.

Una mano tocó mi brazo con una caricia sutil, más cabello rozó mi piel y un sollozo se escapó de su boca revelando el dolor que sentía al contenerse. Abrí los ojos automáticamente buscando su rostro con un repentino deseo de borrar de su cabeza el motivo por el cual lloraba, pero no fue necesario porque estaba justo frente a mí tal y como mis pensamientos lo exigían. No notó que la miraba, porque sus ojos cerrados a unos centímetros de los míos parecían concentrarse en su interior y calmar su tormento personal. Lágrimas salían de ellos y las gotitas mojaban mi cara como si fuera lluvia del exterior. Su mano temblorosa se depositó totalmente en mi brazo y lo siguiente que vi fue la cercanía de sus labios con los míos. La textura suave de ellos que recordaba en sueños como un acto masoquista, el recuerdo de nuestras lenguas peleando por el espacio de nuestras bocas y los dientes mordiendo con firmeza… todo ello desapareció de golpe como si fuera la peor de las mentiras comparado con los labios que estaban sobre los míos en estos momentos.

Ya no aguantaba más,  su desesperación se traspasaba a mi piel como si fuera agua. Ya no podía seguir ignorando a la Invasora por más tiempo. Había vuelto a ser el adicto loco por ella, a caer en su juego y sus redes como siempre ha sido.



INVASORA

¿Qué importaba ya? Él estaba dormido y los estragos del alcohol se hacían presentes. Pero seguía inquieta, y más aun sabiendo que todo mi ser lo deseaba hasta la última gota. Tenía la necesidad de olvidar todo el dolor que había guardado desde que lo dejé, de borrar mis errores por mucho que fuera imposible. La desesperación de no saber el paradero de mi hijo, junto con la ansiedad de tener a Bill a mi lado y no poder tocarlo, parecían acabar con mi tranquilidad a pasos de gigantes. Y el resultado final fue el desprendimiento de un mar de sensaciones que acabaron por dominar mi cuerpo y besar a Bill como quería desde que me paré frente a su casa. Tendría tiempo de sobra para arrepentirme, pero ahora sólo necesitaba sentirlo cerca pese a no ser correspondida.

La textura de sus labios, sus brazos y su aroma… nada había cambiado. Era el mismo Bill al que siempre he amado desde que nuestra relación fue algo más que un simple saludo, fue inevitable no sentirme aliviada de ello.

Y luego, no sé en qué momento, sentí su respuesta suave e intensa que aceleró mi ritmo cardíaco y enloqueció mis sentidos. Me posicionó sobre su cuerpo tibio sin poner barreras a lo que hacía. Me senté a horcajadas con una pierna a cada lado de él y sus manos quemando mi piel como si fuera la más intensa de las hogueras. Empecé a amar esa oscuridad que nos rodeaba y el parpadeó de la tormenta eléctrica colándose por las ventanas, era una perfecta burbuja.

El dolor en mi interior fue sanando hasta convertirse en finas cicatrices como las que rodean mi cuerpo. Repentinamente me sentía feliz, ansiosa y con una sola palabra rondando por mi cabeza empujando a las demás a los rincones más oscuros… Bill.

Me separé de él y sus labios, obligándome a ver su rostro bajo las sombras tenues de la noche. Sus ojos estaban abiertos, brillosos y observándome de la misma forma en que imaginaba que debía estarlo yo. No había molestia en su rostro, no había enojo y rabia, todo era pacífico en él. Una de sus manos acarició mi mejilla con una suavidad que derretiría el Ártico y noté la humedad que dejó mi mejilla en sus dedos.

-¿Qué…?

-Yo también te necesito –murmuró con aquella voz profunda que hizo vibrar mi cuerpo sobre él.

De ahí, tras sus palabras y mi repentina sonrisa verdadera, todo lo que vino fueron roces y caricias que me hacían flotar como si estuviéramos en una nube. Se sentó desprendiéndose de su camiseta y yo hice lo mismo, sintiéndome como una prisionera bajo la tela. Bloqueó mi cuerpo cambiando de posición y dejándome a mí bajo él. Dejé mis piernas separadas lo suficiente para sentirlo cerca, y recorrí su torso con mis manos tocando el relieve de la tinta en su piel. Tenía más tatuajes de los que recordaba, todos ellos con bellísimos diseños que me gustaría apreciar con la luz del sol por la mañana y delinearlos con mis dedos. Sus brazos amortiguaron su peso a cada lado de mi cabeza y me obligué a perderme en sus ojos que no dejaban de observarme como si fuera una extraña criatura la que estuviera frente a él.

-¿Pasa algo? –susurré sin ánimos de hablar alto.

-Sí. Pasa que sigo queriéndote más de lo que debería.

Y ahí había una nueva espina rasguñando las heridas para que volvieran a abrirse, una espina llena de inseguridades e indecisión. Pero la risa de Bill detuvo el recorrido punzante de ella y me dejó sorprendida. Su risa… me encantaba su risa.

-No pongas esa cara, Invasora –depositó un beso en la punta de mi nariz y su sonrisa dulce y fresca volvió a aparecer.

-Es que…

-¿Por qué no simplemente nos dejamos llevar? Ya arreglaremos el mundo, (name). Pero por mientras disfrutémonos.

-Y Alexander…

Puso su mano en mi boca, tapándola completamente y acallando mis palabras. La profundidad de sus ojos me advirtieron de la seriedad de sus palabras y de los sentimientos que había tras ellas.

-Merecemos esto desde que nuestras vidas se separaron. La búsqueda de nuestro hijo la retomaremos cuando amanezca.

Y ahí estaba esa nueva palabra que cruzaba sus labios como la más hermosa de las odas. Era como bailar entre nubes y observar un cielo estrellado. Nuestro hijo. Dos palabras que podrían revivir del todo mis sentimientos a por él como si fueran un interruptor de luz. Él también lo notó, no fue necesario hacérselo saber porque su sonrisa lo dijo todo. Era nuestro hijo, nuestro fruto, nuestra vida y la prueba de la existencia del amor que hubo en nosotros. Y si aún queda de ese amor, espero que no se acabe.

Quité mis ropas de mi cuerpo con una seguridad impropia de la que seguramente me arrepentiría más adelante. Bill hizo lo mismo y cuando nuestros cuerpos se tocaron en su totalidad, algo se removió en mi interior alegremente como si añorara esta cercanía tan íntima. Quizás fuera cierto, extrañaba la sensación de su cuerpo junto al mío y esto era lo más cercano al paraíso de mis pensamientos. Vi más sombras de tatuajes en su piel, quería ver cada detalle de ellos como una desquiciada observadora. Toqué su piel caliente y sin imperfecciones, soltando suspiros cuando sus labios empezaron a jugar con mi piel produciendo un remolino de sensaciones intensas. Todo con Bill era intenso; amarlo, odiarlo, tocarlo, besarlo, gritar, llorar… daba igual el sentimiento, acción o emoción porque todo se transformaba en una montaña rusa cuando estaba con él, y ahora me sentía en la cima de ella, a un paso de caer hasta el punto más bajo con esa sensación de adrenalina en el estómago.

-Dime si es demasiado –mordió el lóbulo de mi oreja y mi cuerpo reaccionó automáticamente con su voz y contacto-. Dime que pare si no me quieres… ¿me entiendes?

-Humm…

Pude sentir su sonrisa ante mi asentimiento/gemido. Tomó mis manos entre las suyas y las unió sobre mi cabeza, sus largas pestañas rozaron mis mejillas antes de que su boca se uniera a la mía en una danza vertiginosa. El tiempo no había alterado nuestros besos, nuestras sensaciones y esperaba que tampoco nuestros sentimientos. ¿Cómo se puede vivir tanto tiempo alejada de la persona a la que amas? Es terriblemente doloroso saber que no puedes verla, ni tocarla o simplemente hablarle. Es como vivir durante siglos en un desierto sin encontrar un oasis o un poco de agua entre tanta arena, suerte que tenía a Alexander conmigo.

Sentí la penetración como algo tan normal y completo que fue inevitable suspirar de felicidad. Extrañaba todo su ser como si fuera el alma de mi cuerpo. Su nombre salió de mis labios al mismo tiempo que nuestros movimientos empezaban a fluir como agua. Eran sensaciones tan intensas, que rogaba no desmoronarme bajo su cuerpo. Sentí una gotita de su sudor caer en mis labios, la saboreé sintiendo la sal en la punta de mi lengua. Atrapé sus labios con mis dientes para atraer su rostro al mío pese a la dificultada de eso. Ambos jadeábamos por aire, nuestras bocas estaban juntas y a la vez separadas con sus movimientos. Separé mis piernas y él puso una mano en la parte baja de mi espalda cuando el ritmo empezó acelerarse, juntamos nuestras frentes y traté de no perderme detalle alguno de sus facciones relucientes bajo la noche. Tomé su cabello entre mis dedos, gemí su nombre un montón de veces y toqué su piel hasta que mis dedos de agarrotaron, pero jamás lo detuve.

¿Acaso debía detener lo que hacíamos? No. No mientras ambos lo necesitáramos. Las voces en mi mente enmudecieron, y supe que esta noche sólo seríamos nosotros dos como nuestra primera vez juntos.



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Lamento mucho la demora y espero que este capítulo recompense la espera tan larga.

miércoles, 23 de abril de 2014

Capitulo 50 (Tercera Temporada)


-Las misiones se han cancelado debido a la tormenta eléctrica y las intensas precipitaciones, por lo que no hay registro de actividades hasta nuevo aviso.

-No juegues conmigo Balto.

-Si estuviera jugando, créeme cariño que esto sería una versión más sádica de Saw.

-¿Sabes de alguna mafia que no esté en pausa?

-De las grandes, no muchas. Creo que hay una en Italia, España y la tuya. Pero no hay negocios hasta nuevo aviso.

-¿Pantera?

-Nadie trabaja, ¿qué mejor época para fechorías?

-Pero la Cámara…

-Por si lo olvidaste, esa cosa perdió la seriedad, querida. ¡Ah! Mira qué coincidencia… en uno de los canales de televisión estás clarísima junto a este famoso cantante y… espera, ¿en su auto? ¡Qué guarra Invasora!

-Agh, cambia esa mierda en la televisión y ayúdame con lo que te digo pedazo de marica –gruñí apagando el televisor donde se mostraban las mismas imágenes que él estaba viendo.

-¡Eh, muy marica seré pero no se me pierde ni un pelo de mi cabeza, cabrona!

-Necesito que me reportes cualquier movimiento por mínimo que sea en tu mafia.

-¿A cambio de qué?

-Te daré una carta de invitación para el club “Femme” con membresías incluidas.

-Hecho. Soy todo oídos, vista y tacto, querida Invasora.

-Hablamos.

Tiré el teléfono al sofá frente a mí tachando el último nombre en la agenda. Ninguna mafia estaba funcionando, y por ende, las venganzas de tornaban a un nivel personal. Ya iban casi cinco días en donde no había señales de vida por parte de Alexander y la situación empezaba a tornarse desesperante, porque mis cartas empezaban a disminuir. Si las mafias no funcionaban, no podía moverme demasiado por las redes de contactos oscuras porque  nadie  estaba dispuesto a moverse por un chiquillo.

Estaba girando cuentas bancarias, retirando dinero a por montones y revisando constantemente las cámaras de seguridad de toda Berlín, porque ahora las tenía a todas a mi disposición, pero ni la patente de mi hijo ni él aparecían. Las cámaras de los aeropuertos y terminales de buses tampoco figuraban con rostros parecidos al de mi hijo.

Realmente empezaba a perder las casillas al no tener ninguna señal de él. Era la única que sólo dormía una hora diaria con tal de no perderme detalle alguno de nuestra búsqueda, no me daba ni hambre y empezaba a sentir el desgaste de la preocupación intensa.

-Llamó Cassandra.

-¿Alguna señal? –pregunté.

-No. Nadie lo ha visto en el instituto ni fuera de él.

-¿Le dijiste que no alertara a nadie allá?

-No lo ha hecho, pero todos empiezan a notar su ausencia.

-Bianca, necesito que sigas diciendo que tiene alguna especie de gripe con fiebre y cualquier drama.

-Lo haré, tía.

-Lo mismo para los profesores.

-¿No hay algo más útil que pueda hacer por ti? –noté su mano en mi hombro y la toqué notando lo caliente que estaba.

-Con eso es más que suficiente, mi niña.

-Papá dijo que haría un rastreo general por los barrios oscuros junto al tío Gaspard.

-Puedes quedarte acá si así lo deseas.

-Debo ayudar a mamá con los cuidados de la tía Lily… realmente lo siento porque…

-Oh, está bien Bianca, Andrea que quedará conmigo cuando vuelva del turno así que no me quedaré del todo sola.

-Bueno. Te dejé una manzana y un sándwich sobre la mesa de la cocina, por favor come algo.

-Lo haré querida.

-Nos vemos luego.

Escuché que se cerraba la puerta y saqué de mi bolsillo una cajetilla de cigarrillos. Pausé todos los videos, puse un vaso sobre la mesa y derramé whisky en él. Necesitaba el ardor del alcohol correr por mi garganta junto al sabor amargo del humo de un cigarrillo. Afuera llovía a cántaros, y la señal telefónica estaba cortada en algunos sectores de Berlín. Una tormenta eléctrica se aproximaba a juzgar por el aire tibio, por suerte Bianca tomó un taxi y la casa de Erik no quedaba tan lejos.

Pero mi Sascha seguía en alguna parte de Alemania o el mundo perdido y esperaba con todas mis fuerzas que estuviera con vida. Con sólo una señal de él me conformaba para aliviar mis pensamientos aunque sea sólo un poco. Las preguntas sobre él inundaban mi mente, desde si veía el cielo hasta si tenía hambre o frío. Necesitaba un simple mensaje que me dijera que estaba bien y yo también lo estaría.




ALEXANDER

Dios, qué frio de puta medre hacían en esta celda. No veía ni mis manos y con suerte tenía una manta envuelta en mi cuerpo. Los tipos se han ensañado conmigo y ya me había ganado mis primeros cortes y heridas tratando de liberarme, pero ante unos gorilas de dos metros que hablaban entre gruñidos, era imposible.

Había perdido la cuenta de los días, de mi ubicación y de lo que me rodeaba con facilidad. Creo que con suerte he podido pensar las cosas con mayor tranquilidad y meditar respecto a lo que pasó en mi cumpleaños.

Primera conclusión: Soy un Kaulitz lo quiera o no.

Mamá no me ocultó del apellido de mi padre porque estaba en mi derecho de tener algo de él además de sus genes o rasgos o no sé qué otra mierda. Podría cambiarme el apellido, pero la sangre seguirá presente lo quiera o no y eso no cambiará jamás.

Segunda conclusión: Entendía la reacción de Bill.

Ahora sé que lo impulsivo lo saqué de mi padre más que de mamá, por lo que no se me dificulta pensar que yo también habría reaccionado así si fuera Bill. Vale, hay que ser bien objetivos. Quizás no le habría pegado, pero las ganas no me faltarían.

Tercera conclusión: Entendía la decisión de mamá.

Mis padres viven en mundos completamente opuestos donde uno se oculta y el otro reluce ante todos. Era obvio que si Bill Kaulitz tenía un hijo todos querrían tener las primeras imágenes de él y su madre, exponiéndonos a ambos a un mundo que pondría en peligro nuestras vidas. ¿Qué mejor que huir y no decirle a Bill que es padre? Porque eso fue lo que hizo para cuidarme a mí. Claro, me había vuelto su punto débil y lo mejor sería que me mantuviera en todo momento donde sus ojos me miraran.

Cuarta conclusión: Necesitaba salir de aquí cuanto antes.

Pero primero necesitaba saber quién está detrás de esta estupidez, para ver si valía la paliza que le daría o no. Milagrosamente, aún tenía en mi tobillo derecho el GPS que mamá me obligaba a llevar. Estaba apagado, pero no me arriesgaría a traer a mamá sin antes conocer al enemigo o lo que fuese el tipo que me tenía acá. Quité una costra pegajosa y de mi brazo, ignorando el dolor. Algo parecido a un trueno sonó desde el exterior por la pequeña ventanilla que me indicaba si era de día o noche. Lástima que esa ventana estaba al final del pasillo y yo estaba en esta jaula siendo vigilado por un gorila.

-Necesito hablar con el jefe –murmuró el gorila a uno de la entrada principal.

-Ve.

-Oye, chico –me llamó con su voz terriblemente grave como la de un gorila de verdad, joder qué parecido-. Prepárate para salir en un rato más.

-¿Con o sin condón? –bromeé pero mi voz no fue más que un murmullo ronco- Digo, por si las moscas.

-Avisa si intenta algo –le dijo al otro ignorándome.

Me paré y me apoyé en las vigas sintiéndome un verdadero reo encarcelado por hacer nada. Estaba aburrido, ni si quiera había música o un televisor y al parecer era el único que estaba tras las rejas en todo el lugar, lo que daba la opción de que todos estaban durmiendo o muertos.

-¿Qué día es? –pregunté tratando de sonar amigable.

-¿Acaso importa? –me respondió.

Bueno, de importar, no importaba. Pero sólo quería obtener una referencia del tiempo que llevaba ahí siendo comida de ratas y absorbido por las mismas paredes casi como una fusión.

-¿Me puedes decir aunque sea la hora?

-Cinco de la tarde.

-Gracias.

Vale, y yo que sentía que era de mañana. Parece que mientras más rápido me sumía en mis pensamientos, el tiempo de apresuraba en correr para hacer las cosas más pasajeras. Me senté en la cama hasta que mi cuerpo se deslizó recostándose, sin nada más que hacer. Quizás inventaría historias, recordaría mi infancia o seguiría sacando conclusiones sobre mi último día con mamá, pero el GPS sólo lo activaría cuando el verdadero peligro (era un hecho que lo había) se avecinara y supiera con qué tipo de personas estaba tratando.

El guardia con pintas de gorila y voz grave volvió a ingresar unas cadenas siendo arrastradas y más armas de las que ya portaba cuando se retiró. Me empecé a marear, como si mi estómago de acobardara a último minuto y me reprochara el no haber aceptado bocado alguno en las últimas no sé cuántas horas. Mentalmente creé una oración si es que había algún Dios escuchándome que se basaba en pedir refugio y resguardo de un ser celestial antes de morir o ser torturado. Se apoyó en la pared silbando una canción que estaba seguro que recordaría hasta el fin de mis tiempos y empezó a jugar con las cadenas pasándolas de una mano a otra. Si ya no estaba en una película de terror, entonces estaba en pleno debate presidencial con Freddie Krueger. 

A lo lejos, bien lejos, escuché un gritó como de aviso en algún lenguaje que no figuraba en mi diccionario mental. Me asusté, pero me aterroricé de verdad cuando vi que ambos guardias avanzaban hasta mí con rostros serios como si se enfrentaran a un hombre lobo o peor aún a un terrorista con una bomba en la cabeza. No estaban asustados, pero parecían lobos a punto de cazar a su presa.

-Ya, qué va. No muerdo –alcé ambas manos y retrocedí cediéndoles el control.

Casi pude oír el suspiro de ambos antes de que el metal comenzara a chillar tras ellos. Me pusieron esposas, sí, de esas con cadenas sólo para brazos pero que estrangulaban mis muñecas como la mierda. Se pusieron uno a cada lado y me empujaron para seguir el ritmo de ellos. Podía sentir que el ambiente se ponía cada vez más frío con cada paso que daba fuera de la celda, las paredes estaban húmedas y las luces titilaban como cuando eres perseguido por un asesino serial.

Con cada paso, me sentía más cercano a mi muerte o a lo que fuera a venir con tanta lentitud, porque era un hecho que querían torturarme con tanto tiempo acá sin hacer nada.

Bien, éste es el plan, Sascha: Ves quién está detrás de todo esto e inmediatamente activas el GPS, hablas y haces preguntas hasta donde te dé la lengua y… bueno, sólo quedará resistir lo suficiente antes que venga la ayuda o…

-Déjenlo acá. Con las cadenas bastará para que permanezca quieto.

Observé fijamente a la persona que me habló, viendo entre las sombras esos rasgos que creía difícil de olvidar. ¿De qué iba esto? De repente no sabía si sentirme a salvo o en peligro, era como una sensación de estar en un limbo vertiginoso. Fue imposible quedarme callado sin buscarle algún sentido a toda esta pesadilla viviente.

-¿Tú?

-Es bueno verte de nuevo, Alexander.

Oh, mierda. Ahora sí que sentía que debía activar el puto GPS a penas se me presentara la oportunidad.




INVASORA

-¿Dónde vas?

Enrollé mi bufanda, tomé el bolso que contenía lo necesario en caso de emergencias y tomé las llaves sin contestar su respuesta. Quizás se debía a la valentía del alcohol o al frío que recorría mi cuerpo y me ponía impaciente, pero me encontraba decidida ante lo que haría y no estaba dispuesta a pensarlo dos veces.

-Llevo mi teléfono, GPS, armas y lo suficiente como para lo que tenga que hacer.

-¡Pero no sabes dónde está! Dios, no puede ir así por la vida sin esperar una señal de…

-Llevo cinco días esperando a por una señal, Andrea –abrí la puerta con la necesidad de encender un cigarrillo y aspirar todo el humo de una vez.

-No hagas ninguna locura, por favor, y trata de estar atenta por si llama Sascha –susurró y noté la dolencia de su voz, por lo que la abracé una última vez antes de desaparecer tras las puertas del ascensor.

Estaba decidida a hacer las cosas bien, a empezar de nuevo y conservar la calma, porque la impaciencia no me llevaría a ningún buen camino. El problema era que mi sangre estaba agitada y envuelta por la adrenalina, como una bomba en sus últimos segundos antes de explotar. Casi corrí hasta mi auto mientras mi consciencia hacía su trabajo tratando de detenerme de lo que hacía. Necesitaba verlo, explotar con la verdad y sentirlo tan cerca como siempre quise.

Los semáforos parecieron ponerse de mi lado, las calles estaban vacías debido a la tormenta y la incesante lluvia, pero me dio igual. Aceleré vertiginosamente la velocidad queriendo pender mi vida de un solo hilo, pero lo duró lo suficiente cuando empecé a transitar por el camino que me llevaba hasta él.

Estacioné unas cuadras antes, llevando mi bolso conmigo esperando a que mis armas no se mojaran. Mi cabello se mojó a los pocos segundos fuera del auto y caminé a paso apretado hasta lo que recordé que era su casa. Ensayé palabras a base de borrones y sinónimos, pero no estaba del todo lista para verlo, en especial sabiendo que olía a cigarrillos y whisky. Ya en frente, toqué el timbre insistentemente, rogando para que la abrieran y no muriera ahogada entre tanta lluvia y frío… mi Alexander debía estar congelado con este clima. El portón se abrió electrónicamente, entré en un abrir y cerrar de ojos y corrí hasta la puerta esperando a que la abriera la persona correcta.

-¿Tú… qué haces acá?

Vaya, no todo lo que brilla es oro al parecer. Hizo un gesto para que entrara, tomando una toalla de no sé dónde y ofreciéndomela cuando ya estuve bajo techo. Cerró la puerta y pude sentir el aroma a canela y manzanas. Jamás había estado en esa casa, pero el estilo se parecía mucho a la que tenían en Los Ángeles.

-¿Apareció? –preguntó tomando mi bolso, lo que fue gracioso porque casi se cae con su peso, más aún no me reí.

-No.

-¿Qué traes acá? ¿Piedras? ¿Un saco con cemento?

-Armas –vale, demasiado sincera a juzgar por su rostro sorprendido-. Necesito que dejes en bolso en un lugar seco y donde nadie pueda verlas.

-¿A qué se debe esta visita? Porque realmente no le encuentro sentido al venir y dejar esto por acá habiendo miles de lugares o…

-Tom, necesito hablar con tu hermano.

Ahora sí que se sorprendió. Vale, hasta yo parecía impresionada con la seguridad de mi voz pese a estar tiritando con el frío. U n aire de duda inundó su rostro, sin embargo permaneció en silencio hasta recobrar la misma confianza.

-¿Andrea se quedó contigo?

-Está sola en el departamento, ¿y Cassandra?

-Mamá se la llevó a su casa esta tarde para distraerla un poco.

-¿Simone sabe…?

-Sí.

-Oh… humm… vale.

-Bill está arriba, espero que tengas un poco de suerte si te abre la puerta.

-¿Te habla?

-Sí, pero con un poco de distancia. Es la última habitación a la izquierda.

-Gracias.

Dicho esto, él tomó las llaves de su auto, sacó una casaca y salió dejándome completamente sola. La lluvia se escuchaba como un susurro más en la casa, pero aparte de ella, ningún sonido parecía delatar la presencia de Bill.  Me quité el abrigo y lo dejé colgado en una silla junto a la chimenea clásica con un reloj sobre ella. Caminé despacio, sintiéndome intimidada por la magnitud de las paredes y el lugar en general. Abrí el bolso, verificando que las armas estuviesen aún secas y tomé la pequeña memoria llena de la vida de Alexander entre mis manos dispuesta a subir hasta su cuarto.

No fue necesario como creí, porque mientras pensaba en lo que le diría los pasos de alguien bajando las escaleras muy rápido me dejaron estática por un instante. Era él, pero no sentí miedo en ningún instante, quizás porque el miedo debió alejarse de mí cuando me dispuse a buscar a mi hijo peinando cada calle de Berlín.

-¿Tom?

Su cuerpo, sólo cubierto por unos pantalones de lino blanco y una sudadera gris que dejaba entrever sus tatuajes, apareció frente a mí llamando al mío como si fuera un imán. Su cabeza se giró en mi dirección con su cabello desaliñado, sus ojos luminosos y serios vieron que preguntó por la persona equivocada y algo pareció despertarse en su interior. Contuve la respiración por el tiempo suficiente antes de escuchar de nuevo su voz hablándome directamente.

-¿Acaso no tienes modales para saludar o anunciarte?

-¿Y tú te atreves a hablarme de modales cuando entraste a mi casa sin mi permiso?

Suspiró y por primera vez pude notar a lo lejos en la distancia que nos separaba, que lucía cansado, pero me mantendría firme.

-Tengo algo que espero que te interese.

-Vaya manera de preguntar cómo estoy.

-¿Acaso no debería decir eso yo? Nuestro hijo lleva cinco días sin dar señales de vida y no hay rastros de él.

-Lo sé.

-Sí, lo sabes y no haces nada al respecto.

-No puedo llamar a la policía –se acercó hasta el la luz del fuego lo iluminó completamente para mí-. No tengo contactos con la mafia ni con nadie que me pueda ayudar, ¿cómo puedo entonces buscarlo más que recorrer todo Berlín en busca de él?

Vaya, si no llamaba a la policía era por mí. Si no contactaba a cualquier tipo de la mafia era porque no quería que supieran de Alexander. ¿Acaso ese era el motivo responsable de sus ojeras? Se veía tan molesto y serio, que me sentía levemente reducida en mi interior. Me acerqué a él, recordando que debía mantener la calma y sonar pacífica mientras estuviera cerca de él porque ya no tenía fuerzas para pelear.

-Toma –comencé ofreciéndole el pequeño objeto de mi mano-. Esto es todo lo que tengo de Alexander.

Titubeó o quizás simplemente dudó con lo que recibiría, pero finalmente aceptó con un asentimiento y un agradecimiento en susurros. Di media vuelta, dispuesta a irme por donde mismo llegué y seguramente pasar la noche en el auto mientras esperaba a que amaneciera y con ello, los mafiosos más peligrosos estuvieran disponibles para negociar conmigo.

-Puedes quedarte.

Me giré lentamente, sintiendo su mirada recorrerme por completo haciendo que mi piel soltara escalofríos de la pura emoción de tenerlo frente a mí. La sonrisa aún no quería aparecer en su rostro, pero podía ver una pequeña luz en sus ojos que me hacía ilusiones respecto a lo que sentía.

-Terminaré de ver lo que hay aquí y podrás irte.

-No es necesario –ya sentía que todo salía mal entre nosotros-, es una copia.

-Bueno, me gustaría que te quedaras mientras yo veo esto.

Algo se revolvió en mi interior, un chillido adolescente explotó en mi cabeza totalmente ilusionada con la idea de quedarme junto a Bill. ¿Qué me pasaba? Ah… debía ser el whisky y su efecto alentador revolucionando mi inconsciente y mi cuerpo entero.

-Además, estás empapada.

¡Gracias lluvia sagrada por dejar que Bill me tenga un poco de piedad y me contenga por un momento! Pero me retenía la parte orgullosa, que sentía que Bill me tenía lástima y por eso me dejaba acá. Me sentía indecisa, pero apelé al sentido común y me quedé con los pies plantados (y mojados) donde estaba.

-Iré a buscar algo seco para que te cambies de ropa.

Seguramente ahora leía mentes o cuerpos, pero mi cuerpo agradeció su atención cuando desapareció por las escaleras. Me acerqué más al frío, revisando mi teléfono y mi billetera. Todo seguía igual, no había señales y me costaba mantener la calma en este estado. Quizás, si no fuera porque tuve el impulso de venir a la casa de los Kaulitz, seguiría buscando a Sascha entre las calles o atrapada entre cuatro paredes debido a la tormenta eléctrica.

Los rayos y relámpagos parecían querer traspasar las paredes con aquella intensidad. No les tenía miedo, nunca les temí. Más aún, me habría gustado tener a mi hijo junto a mí mientras veíamos alguna película de su ocurrencia o dibujaba lo primero que pasara por su mente.

Bill me tendió una camiseta de algodón negra lo suficientemente grande para tapar mi ropa interior. No acepté los pantalones porque realmente no los necesitaba. No se trataba de lucir sexy frente al padre de mi hijo, sino que era una cuestión práctica para cambiarme de ropa por si surgía alguna emergencia. En el otro brazo, portaba su laptop encendida, la cual depositó sobre una mesa de vidrio y él se sentó tras ella. Me cambié de ropa en el primer baño que encontré, estrujando mi cabello al máximo hasta que quedó húmedo y no empapado, lavé mi rostro y volví con mi ropa en un brazo.

Bill me miró de pies a cabeza sólo por un momento. Quise ofrecerle una sonrisa pero no salió de la comisura de mis labios. Volvió la vista a la pantalla apoyando su rostro con una mano mientras yo me introducía en la sala.

-Puedes dejar eso en la lavadora.

-No es…

-Sólo déjala ahí.

Vaya, un Bill mandatario era lo menos que esperaba incluso estando en su territorio. Obedecí sus palabras sin rechistar siguiendo la fácil indicación de la ubicación de la lavandería. Volví sin emitir sonido alguno en busca de un par de calcetines de mi bolso, y me senté en el sofá junto a la chimenea esperando a que mi cuerpo se calentara.

-¿Chocolate o café?

Más valía que respondiera si no quería recibir otra respuesta mandona.

-Chocolate estaría bien.

Pero un whisky podría estar de lujo.

Al rato volvió con dos tazas rebalsadas con chocolate caliente que me quemó el paladar al primer sorbo. Él, volvió a su lugar lo más lejos posible de mí como si le repeliera el sólo hecho de pensar en todo lo que le hice pasar. Pude observar a lo lejos que las imágenes pasaban lentamente, como si examinara cada detalle por muy minúsculo que fuese. En algunos casos, acercó más la imagen examinando la carita de Alexander con su pelo castaño y sus ojos expresivos como si no quisiera perderse detalle alguno de su pequeño hijo.