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domingo, 8 de junio de 2014

Capitulo 52 (Tercera Temporada)

La brisa fresca que se colaba por alguna parte de alguna ventana, me hizo cubrir completamente mi cuerpo sin dejar la cabeza fuera de las sábanas. El aroma que me rodeaba era una mezcla entre sudor y algún perfume varonil que… oh, ¿dónde estaba?

-Dime si es demasiado –mordió el lóbulo de mi oreja y mi cuerpo reaccionó automáticamente con su voz y contacto-. Dime que pare si no me quieres… ¿me entiendes?

Oh… vaya.

Tal y como supuse, seguía estando desnuda entre las sábanas. ¿Qué hora será? Me sentía descansada y sin ánimos de pegar un ojo en mucho tiempo, como si hubiera recuperado todas las energías que me han faltado desde…

Alexander.

Dios, no me podía seguir desconcentrando en la búsqueda de mi hijo, ni si quiera podía dormir demasiado sin dejar de estar pendiente de Sascha. Necesitaba noticias, daba lo mismo de quién, pero necesitaba un plan de búsqueda nuevo, seguro y rápido.

Estiré mi cuerpo antes de asomar mis ojos entre las sábanas y notar que estaba completamente sola en la habitación. Ahora que no estaba oscuro, podía notar cuan ordenado estaba todo. Los muebles eran marrones o blancos, pero la sensación era extremadamente relajante. No había fotografías ni algo que diera indicios de estar en el cuarto de Bill. Busqué mi ropa hasta encontrarla a los pies de la cama, recordando que me deshice de ella cuando comencé a sentirme acalorada.

Ya con mi ropa interior en mi cuerpo y la camiseta gigante ocultando la mayoría de las cicatrices y heridas, me planté en el baño más cercano con la esperanza de poder arreglar mi  cabello y lograr que esté más presentable. ¿Qué le diría a Bill? Ni si quiera sabía cómo tratarlo después de que durmiéramos juntos. Quizás la solución más rápida era hacer como si nada hubiera pasado y simplemente desaparecer de su casa, pero era injusto y totalmente innecesario huir de él. ¿Qué más daba lo terrible que me veía por las mañanas? Espera, ¿parte del día era? Busqué algún reloj visible en el cuarto, pero no había ni un rastro del tiempo.

Se escuchó un estruendo proveniente de abajo. Asomé rápidamente la cabeza por el pasillo y lo siguiente fue la maldición de una voz conocida. Era Bill. ¿Estábamos solos? Esperaba que así fuese porque toda mi ropa estaba en la sala de estar y sería vergonzoso que alguien me viera así. Esperé oír más voces, pero no había más. Seguíamos solos en su casa, lo que en parte me aliviaba y por otro lado me ponía más nerviosa.
Tras bajar las escaleras, asomé mi cabeza a la sala de estar donde había dejado mis cosas, pero no estaban. Por suerte, la chimenea seguía encendida y el lugar estaba completamente temperado. Un perro pasó junto a mí ignorándome completamente como si estuviera concentrado en algo. ¿Acaso no se aburría en una casa tan grande?

-Tus cosas están en la habitación frente a la mía.

Me giré dando un saltito del susto como cuando un niño es sorprendido haciendo travesuras. Bill ya estaba vestido, y la sonrisa torcida que se deslizó por su boca mientras me escaneaba me puso los pelos de punta. Vale, al menos esto no empezó tan difícil, sin embargo odiaba que mirara mis piernas ¡eran feas! Me sentía como la chica de “The Nightmare Before Christmas”, toda una muñeca desarmada y llena de tajos.

-¿Lo arrastraste hasta el segundo piso?

-¿Eh?

-Mi bolso. ¿Lo arrastraste?

-Tengo fuerza, no me subestimes. Arrastrar cosas no es lo mío.

-Oh… vale. Ya vuelvo.

Pero antes de poder si quiera dar un paso, él tomó mi mano y me guio hasta una cocina lo suficientemente grande como para albergar a todo el vecindario. Nada ostentosa, sólo espaciosa. Me senté en una de las sillas observando que uno de los perros corría por el patio.

-¿Té, café, leche?

-Café.

-¿Tostadas?

-Ahora que lo pienso, nunca me has preparado de desayuno.

-Claro que sí –repuso girando la cabeza en mi dirección por un momento antes de volver a lo suyo con toda seriedad-. Los Ángeles, tú departamento. Debo reconocer que fue un buen tiempo.

-Esa noche supiste que era infértil.

-Ajá.

-Hummm…

Me ofreció un tazón con caricaturas sin sentido lleno de café. No había nada como empezar el día con una buena dosis de cafeína antes de seguir con la búsqueda de mi hijo. En un platillo de porcelana, puso tostadas calientes, y en otros había mermeladas.

-Llamó mi hermano y dijo que Gaspard estaba en tu departamento.

-Oh, vale.

Vaya, qué incómodo empezar el día sin tener mucho que decir con la persona con la que tuviste relaciones sexuales hace unas horas.

-¿Te puedo preguntar algo?

Observé su rostro haciéndole una clara señal con la mano para que preguntara. Realmente parecía haber esperado una eternidad para que llegara a su lado. Tomó una tostada y la masticó con un sorbo de lo que parecía ser té antes de preguntar.

-¿Qué fue lo que te trajo hasta acá?

Vaya.

¿Cómo explicarle a Bill que necesitaba un polvo anti estrés antes de seguir buscando a Alexander? No, eso no era del todo cierto. Necesitaba de él como necesité el primer día que supe que estaba esperando a Alexander, la única diferencia es que esta vez me armé de valor para estar con él pese a saber que me odia por no decirle sobre nuestro hijo.

-Te necesitaba.

-¿Para qué? Fuiste tú la que no me necesitó durante todos estos años.

Observé sus ojos en busca de odio y rencor, pero solo obtuve la profundidad de su mirada y la sonrisa torcida que conocía tan bien.

-Te necesité muchas veces. Pero ahora sabías la verdad y… tú eres su padre, por lo que quería sentir que por lo menos estábamos unidos en un sentido.

-Vale, anoche sí que estuvimos unidos como cien veces, yo diría.

Una sonrisa jugó en el borde de mis comisuras con su comentario con respecto al multi-polvo. La desinhibición iba bien con Bill cuando se ponía en plan seguro, era como presenciar al rey de los galanes tratando de conquistarte con sus palabras sin censurar nada.

-Y que yo recuerde –agregó-, cooperaste demasiado cuando te las diste de vaquera sobre mí mientras gemías…

-Ok, basta. Ya entendí tu punto.

Soltó una carcajada viva y sonora que atrajo la mirada de uno de sus perros. ¿Es mi idea o hace un poco de calor en esta cocina? Seguramente la calefacción está apagada.

-¿Ahora te cohíbes? Vaya, pensé que seguías siendo la levanta pollas veinteañera en tu interior.

-¿Levanta… pollas? –ok, esto sí que era extraño y gracioso.

-Bah, no niegues lo evidente.

-¿Evidente?

-Sí, lo evidente.

Tomó mi mano y la presionó entre las suyas como si fuera un amuleto escondido entre sus dedos. Besó mis nudillos y mordió uno de ellos, enviando un escalofrío a mi columna que terminó por elevar mi ritmo cardíaco. Sonrió aún más, como si leyera mi lenguaje corporal o tal vez era yo la muy notoria.

-Yo también te necesitaba, Invasora. Más de lo que cualquier podría. Y lamento intentar golpearte cuando confirmaste lo de Sascha, fui un imbécil al tratar de hacerlo y gracias a Dios que no lo logré.

-Lo merecía, Bill. Sé que hice mal escondiendo a Alexander de ti, pero me vi tan asustada que…

-Entendí hace tiempo que lo hiciste por tu trabajo y el mío. No quiero que aparezcas en televisión cuando puede estar en riesgo tu vida, y lo mismo lo aplico a nuestro hijo porque no estoy dispuesto a perderlos.

Sus palabras eran parte de la cura que mis cicatrices necesitaban, como un ungüento de hierbas sobre una quemadura. Calmaban mi pesar tal anestesia fuesen. Pero seguía presente en mí la inquietud de no tener a Alexander a mi lado, la desesperación de no saber si está con vida o si está en problemas. Tenía una sensación inquietante en algún lugar oscuro de mi mente, porque sinceramente el sexto sentido que tienen las madres me gritaba que debía continuar buscando a mi hijo.

-Tenemos que encontrar a Alexander, Bill –susurré con la angustia que me atormentaba al sentirme incompleta sin mi hijo.

-Llamé a un investigador privado.

-¿¡Estás loco!? –Me paré como un resorte de la silla, sintiéndome ansiosa y repentinamente sofocada con sus palabras, era como si echara agua bendita a un vampiro y ya sabríamos quién es quién-. Pensé que en tu cabeza estaba bien grabado que no podemos llamar a la policía ni a nadie que ponga en peligro mi vida y la de mi hijo, Bill. Las cosas no…

-¿Me dejaras hablar o no? –Levantó una ceja con su rostro completamente serio, y cruzándose de brazos continuó al ver que me quedaba muda-. Es un oficial retirado de la CIA.

-¿Americano?

-Ajá. Le expliqué a grandes rasgos lo que sucedía con Alexander, no sin antes hacerle firmar un poder donde prometía una completa confidencialidad sobre lo que hablaríamos.

-¿Cómo diste con él?

-Es amigo del padre de Andreas. Me aconsejó rememorar conductas impulsivas anteriores, las últimas personas a las que vio antes de lanzarle la gran bomba y los últimos lugares en los que estuvo porque generalmente recuerdan a las últimas personas a las que vieron.

-Pero estuvo con todos nosotros.

-Eso le dije, que era su cumpleaños y no había nadie de su círculo cercano, pero insistió en que naturalmente recurriría a alguien que conociera sin importar su simpatía.

-Alexander no es de ese tipo. Sé que sería capaz de drogarse, emborracharse o fumar cualquier cosa con tal de ir en mi contra. Y creo que esta no es la excepción ¡hasta follaría si quisiera desquitarse!

-¿Estás segura?

-Sí, él es extremista. Puede estar en un lugar completamente vacío o en uno completamente lleno.

-¿Registraron los cementerios?

-¿Cementerios?

-Claro, generalmente todos ignoran a todos ahí. Puede que esté durmiendo en algún rincón escondido.

-Hummm… no es su estilo.

-También me dijo que no descartáramos a nadie, y creo que sabes lo que eso significa.

Mafia.

-Las mafias no se están moviendo debido a los problemas de comunicación con la tormenta. Son muy pocas las que siguen.

-¿Qué hay de la tuya?

¿Pantera? No, él ama a Alexander. Es imposible.

-No estoy al tanto de los movimientos que desea Pantera, pero te puedo asegurar que no se meterían con Alexander por mucho que quisieran.

-¿Y qué los detiene?

-Yo.

-Pero ahora no estás en el juego.

-Claro que sí.

-Me refiero a que no estás allá cada día.

-Bueno…

-¿Entiendes mi punto, (name)? ¿Qué no te asegura que ellos quieren tu cabeza?

-No pueden hacerlo. Saben que no se pueden meter conmigo porque mi juramento y contrato estipula que no pueden cruzar la línea que separa mi vida privada de la…

-¿Y qué si Pantera lo hace?

Entendía por dónde quería ir, pero la simple idea de continuar su hipótesis me hacía sentir enferma y casi claustrofóbica en la cocina. Mi única seguridad era la fe que tenía en encontrarlo a tiempo antes que otros por mucho que su paradero fuera desconocido. Dios, esta debía ser la misión más difícil de mi vida porque no tenía en quien apoyarme  o en quien tratar de conseguir información ¡hasta es más fácil encontrar a un gato perdido!

-Iré a cambiarme –murmuré más para mí que para él, buscando un poco de silencio y paz.

-Te sigo en un segundo.

Mis pies me pararon como si tuvieran goma de masca en cada dedo. Me sentía curiosa ante tanto acercamiento de parte de Bill, pensé que sería un simple polvo y luego una especie de tratado de paz mientras encontrábamos a nuestro hijo. En ningún momento me he proyectado estar tanto tiempo alrededor de su eje porque pese a amarlo temía lastimarlo. Y sin embargo, él parecía ser un maldito masoquista sin principios para entender cuán lastimado seguiría saliendo conmigo. ¡Trabajo con mafiosos! ¿Acaso eso no es motivo suficiente para alejar a todo el mundo?

-¿Pasa algo? –pregunta al verme estática y quizás con qué cara.

-Ya estás vestido –apunto a su cuerpo.

-¿Esto? –se mira con ambas cejas alzadas como si no entendiera mi punto.

-No, me refería a lo de tu oreja –bromeo amargamente.

-Estaba en mi gimnasio.

-¿Gimnasio privado? ¿Acaso estoy en el Laberinto del Fauno?

-¿Laberinto de… qué?

-Nada, es un cuento español.

-Oh, vale. Bueno, estaba en el gimnasio gastando energías.

-Y yo que pensé que había quedado muerta con el polvo de ayer.

Desaparezco y subo las escaleras buscando el famoso baño donde estaba mi ropa. Díganme amargada. Pero lo que realmente quería era encontrar a mi hijo y terminar con la tortura de no tener a ese renacuajo cerca de mí. Sí, renacuajo. Es lo bastante pequeño bajo mi mirada de madre. Para cuando encuentro mis cosas, noto que las armas están en una mesa ordenadas limpiamente. ¿Qué significa esto? ¿Trajinó mis cosas? Bueno, no tengo nada que esconder ni tampoco me molesta el hecho de que cargue con mis cosas, simplemente siento curiosidad por ello. Entro en el baño llevando una muda conmigo y cierro la puerta antes de desnudarme.

El agua es de lo más purificadora en todos los sentidos posibles. Limpia mis manos cuando están llenas de maldad, limpian mi piel cuando deseo quitar de mis recuerdos el roce que otros y limpia mi rostro cuando las lágrimas lo inundan. Pero ahora era diferente porque sólo necesitaba sentirla en mi piel para prepararme ante lo que vendría con mi búsqueda. Puse el agua lo más caliente que puse sintiendo el vapor inundar mis pulmones y mis poros chillar de lo caliente. Apoyé mis manos en las cerámicas blancas y frías, dejando que el agua inundara mi espalda y piernas.

-Dios, ¿pretendes asarte?

Abrí los ojos y lo vi desde el otro lado del cristal caminando entre el vapor y con sus brazos cruzados sobre su caja torácica. No miraba mi cuerpo aún, simplemente estaba ahí viéndome con ojos molestos y con toda la seguridad del mundo. Presioné el agua fría y casi chillo de lo congelada que salió.

-¿Y ahora hipotermia?

-Bueno, ¿me quieres congelada o asada?

Soltó una carcajada ruidosa y se deshizo de sus ropas con la facilidad que toma un suspiro. Dios, ¿enserio me perdí de esto durante años? Parecía un dios sacado del olimpo con esos músculos y esa “v” que se formaba en la parte baja de su abdomen. La noche anterior no pude apreciar nada con la oscuridad envolviéndonos, pero ahora era diferente y realmente me impresionada verlo. Creo que he sido testigo de la metamorfosis que ha sido su cuerpo y piel durante nuestros encuentros. En Las Maldivas sólo tenía un par de tatuajes, piel blanca y un poco de músculos que iban acorde a su edad; En Los Ángeles tenía más tatuajes en diferentes partes de su cuerpo, su piel era más tostada y saludable, y sus músculos eran más notorios; Y ahora, apostaría al decir que el 25%  o más de su piel estaba cubierta de tinta, y sus músculos igualaban a cualquier modelo de revista. Entró con una sonrisa de suficiencia haciendo una mueca con el agua fría hasta entibiarla y se paró frente a mí como todo el espectáculo andante que era.

-Eh, no te cortes con mi presencia. Ya sé que estoy bueno.

Desvío mi mirada evitando su toque y su visión, a cambio tomo el jabón y lo pongo en la esponja celeste hasta hacer la suficiente espuma. Si iba a tener a Bill a mis espaldas, era mejor que me apresurara en salir del baño y vestirme si no quería terminar más húmeda de lo que ya me sentía.

Comencé a limpiar mis brazos y pechos a sus espaldas, negándome a observar el espectáculo gratis que se efectuaba a mis espaldas y que cualquiera pagaría infinitas cantidades de ceros con tal de ver. Corrí mi cabello para un lado para abarcar mi piel con más espuma y bajé la esponja hacia mis costillas.

Una de sus manos robó la esponja de las mías y nuestros brazos chocaron como si no fuera suficiente la electricidad a nuestro alrededor. Su cuerpo se acercó al mío y juraría que escuché un gruñido casi primitivo salir de su boca. Observé su mano, que aferraba la esponja como un puñado de arena haciendo que la espuma corriera por mi torso en montones. La dispersó en mi cintura y caderas ayudando a mantener mi cuerpo firme con su otro mano en mi abdomen. Ahí fue mi perdición.

Suspiros salieron de mi boca al sentir sus dedos en mi piel acariciándola lentamente. Cerré mis ojos y tomé sus manos en las mías mientras éstas no se detenían en ninguna curva. Su boca en mi cuello lamía las gotitas de agua y besaban pausadamente la piel expuesta. Descansé mi cabeza en su hombro y mi espalda en su torso, sintiéndome segura de tenerlo a él junto a mí.

Bill despejaba mi cabeza de los problemas, borraba las manchas que el agua no podía hacer desaparecer y rearmaba los pedazos rotos de mi alma como si fuera una pieza de porcelana. ¿Cómo era posible seguir amándolo pese al paso del tiempo? Parecía ser mentira la frase de “el tiempo lo cura todo”, porque por mucho que intenté olvidarlo, seguían en mi memoria los recuerdos intactos de nuestros años de amor y alegría.

-No me alejes de nuevo, Invasora.

Su voz fue clara y ronca, enviando escalofríos por mis terminaciones nerviosas mientras una de sus manos se detenía en mi pecho izquierdo. Abrí los ojos observando el movimiento oscilatorio de sus dedos alrededor de mi pezón encendiendo mi interior con una especie de calor insostenible y abrumador que sólo Bill podía crear en mí.

-No lo hagas ahora que te tengo de nuevo a mi lado –siguió a medida en sus manos se volvían más bruscas en mi sentible piel.

-Bill…

-Déjame protegerte y amarte… por favor.

Me giró rápidamente y me apoyó contra el vidrio que nos separaba del resto del baño. Apoyé las manos en sus pectorales en busca de la estabilidad que mis piernas no pretendían darme. Observé las gotas de agua que corrían con su piel y casi me sentí con la necesidad de lamerlas porque me robaban su esencia. Subí lentamente la mirada a sus ojos chocolate con pelusas de cálido oro nadando con intensidad. La profundidad de sus ojos aceleró mi ritmo cardíaco y todo a mi alrededor desapareció dejándome sólo a Bill frente a mí. Me presionó suavemente contra el vidrio, notando su miembro rozar la parte baja de mi vientre, su pecho aplastar el mío y sus brazos enredar mi cintura. Bajé la mirada a sus cercanos labios, estaban separados y se me apetecían como si fueran el mejor de los manjares en el mundo, ni si quiera las perforaciones de ellos parecían declinar su atracción.

De repente su boca chocó con la mía con una voracidad que afectó a todas mis terminaciones nerviosas poniéndolas casi al límite. Me aferré de su cabello con el fin de mantenerlo pegado a mí… piel con piel. Su lengua lamió mi labio inferior pidiendo permiso para ingresar a mi boca, no se lo negué y le abrí el paso hasta que ambas pelearon con avaricia por el espacio. No era un beso salvaje, pero tampoco era uno lleno de dulzura. Estaba cargado de la necesidad de todo este tiempo, como si la noche anterior no fuera suficiente para reavivar nuestro reencuentro.

Una de sus manos levanta mi muslo dándome la señal suficiente para aferrar mis piernas a sus caderas y soportar todo mi peso con ayuda de la mampara de vidrio. La necesidad y el ardiente deseo oscurece sus ojos y dilata sus pupilas mientras entierra sus dientes en mi cuello y yo expulso un gemido ronco. Él conoce mis puntos débiles, cada rincón de mi cuerpo y cada lunar de mi piel.  Mis caderas se mueven en su suave baile incitándolo a entrar en mi cuerpo y conectarnos como nuestros instintos desean. Él gruñe y siento la vibración en su pecho al hacerlo. Besa uno de mis pechos y mordisquea mi pezón hasta dejarlo sonrosado y elevado a su boca.

-Bill… -me quejé queriendo pasar a otro nivel, a uno más intenso y lleno de nuestros fluidos mezclados.

-Pídemelo murmura mordiendo mi labio inferior con saña rastrillando sus dientes en él antes de dejarlo ir.

-Por favor… por favor, Bill –gimo frente a su boca tratando de mantener mis ojos abiertos pero fallando en el intento.

Eso bastó para hacerlo gruñir profundamente en su pecho y agarrar mis caderas con sus dedos fuertes. Juraría que al día siguiente las yemas de sus dedos quedarían como cardenales ahí. Hundo mis dientes en mi labio inferior ignorando el dolor, mientras Bill golpea todo el camino a mi interior, haciéndome tomarlo por completo con una profunda embestida. No tenía aire suficiente en mis pulmones, y los jadeos eran cada vez más fuertes mezclándose con los gemidos. Cuando me llena por completo, el aire sale silbando de mi garganta y olvido respirar por un segundo. Sus manos me aprietan cuando gime mi nombre con su voz adictiva y ronca. Cada embestida, llena mi núcleo caliente con su longitud y mi cuerpo se retuerce por más contra la pared detrás de mí. Sé que mis gemidos acalorados incitan a Bill a seguir a un ritmo intenso y profundo, golpeando dentro de mí con una fuerza increíblemente deliciosa.

-Siempre serás mía –murmura y no estoy segura si es para mí o para él mismo-. Joder, juro por mi puta vida que siempre lo serás.

Me muerdo el labio y gimo asintiendo a sus palabras sin nada más que acotar. Mi cabeza da mil vueltas, y empiezo a pensar que esto es un sueño, que voy a desertar y estaré aún sentada en mi sofá frente a todos los computadores dispuestos para observar las cámaras de seguridad de Berlín, pero cuando veo sus ojos abrasadores sobre los míos y su sonrisa endemoniadamente sexy, sé que no hay forme de hacer de esto un sueño porque es real, y él se siente tan infinitamente real que me parece de lo más alucinante.

Envuelvo mis dedos en su cabello y gime cuando tiro de algunos mechones. Su lengua se introduce como una serpiente en mi boca, retomando el control de ella y robando mi saliva.

Los movimientos de Bill se aceleran a un frenético paso y puedo oírle gruñir y refunfuñar palabras inentendibles bajo su pecho, suplicándome su liberación. Estoy tan cerca, que ya siento el calor acumularse en mi cuerpo y comienzo a tirar de su cabello cuando subo más alto a mi cima. Estoy cayendo sin parar, esperando a que algo explote dentro de mí y consuma mi cuerpo en su totalidad, pero no quiero terminar aún. Quiero quedarme aquí con él en el borde de esta loca euforia. Bill agarra la base de mis muslos y empuja largo y rápidos golpes.

-Sí –siseo apretando el agarre de mis piernas en él.

Mi boca y mi cerebro están completamente desconectados. La primera pide por más y gime ruidosamente, mientras que el segundo ruega por más aguante. Cuando jadeo por más aire, su boca se desliza por mi cuello y esta vez muerde el lado opuesto, succionando con fiereza. Libera mi piel casi al instante, dándose cuenta de la fuerza de sus dientes y en cambio recorre su lengua sobre el punto que succionó para consolar mi piel. Mis manos acarician sus brazos y su pecho, mi boca mordisquea y lame cada sección de carne expuesta disponible para mí.

-Bill… Oh…

Gime profundo y ronco, y vibra en cada parte sensitiva de mi cuerpo acrecentando mi placer mucho más. Mi cuerpo se contrae cuando las sensaciones empiezan a aumentar en mí, obligándome a jadear fuerte y pesadamente. Intento aguantar el clímax aproximándose por mis venas, esperando prolongar esta sensación y este momento, pero tan pronto como Bill desciende entre nosotros y golpea su duro y frío dedo sobre mi sensitivo bulto de nervios, todos mis esfuerzos se derrumban. Giro en un torbellino sin fin, flotando sobre mi cuerpo. Él está maldiciendo bajo su respiración cuando mis músculos se contraen dolorosamente a su alrededor y le estoy ordenando más y más profundo dentro de mí.

Me agarro a sus hombros cuando la fricción de sus golpes en mí se convierte en demasiado y casi temo por romper la mampara a mis espaldas con nuestros movimientos.

-Grita –ordena con su voz ronca y jadeante-. Grita para mí.

Bill me frota más fuerte, golpeando más profundo. Retoma la mordedura de mi labio inferior y la sensación de su lengua, sus rientes rastrillando mi piel, el calor d su respiración, el movimiento de sus dedos en mi clítoris, su mirada de café-dorado líquido sobre mis ojos, todo eso es demasiado para mí y el torbellino se convierte en un verdadero huracán que se despliega de mi estómago azotando a su paso todo dentro de mí, destrozando el autocontrol y rompiéndome en mil pedacitos. Hundo mis uñas en sus hombros y grito cuando ola tras ola del orgasmo más intenso de mi vida desgarra a través de tomo mi cuerpo, contrayendo mis músculos y debilitando mi respiración. Las caderas de Bill se conducen más fuertes y más rápidas cuando me sobrepongo a la explosión, pero sus ojos se mantienen completamente pegados a los míos.
Nuestras respiraciones se unen en un pesado jadeo y nuestros labios a penas se rozan. Sus embestidas se hacen rápidas y descoordinadas, sus ojos me miran entrecerrados y llenos de lujuria. Ni un segundo después, él fuerza su lengua en mi boca y absorbo todos sus gemido en la punta de mi lengua cuando la calidez se extiende a través de mi útero. Después de que lo siento ablandarse, continúa besándome despacio con un ritmo relajado y perezoso mientras nos saboreamos con nuestros labios. Me siente derretida y él está soportando la mayor parte de mi peso.

-Eso estuvo muy bien –sonríe perezosamente y yo le devuelvo la acción.


Ya no hay palabras que describan mis sensaciones cuando estoy con Bill. Y sólo califica a este como el mejor polvo de mi vida…

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Bueno, creo que con este capítulo quedamos a mano con todo el tiemo que tarde en publicar ;-)

Lamento la tardanza, pero realmente estoy completamente llena de trabajos y exámenes, estoy completamente estresada y con suerte el 5% del tiempo libre, avanzo un poco del fic. Realmente me siento mal por mantenerlas esperando porque sé lo que se siente esperar a que la autora de un fan-fic suba capítulos y tarde mil meses en ello.

Atte. Nina.

Kusses!!

jueves, 15 de mayo de 2014

Capitulo 51 (Tercera Temporada)

BILL

El video mostraba claramente a una (name) de pelo recogido a la rápida, frente escarchada y sonrisa débil sosteniendo visiblemente a una pequeña criatura sonrosada y dormida. Le daba besos en la cabellera y frente admirando la firme belleza de sus rasgos como si se tratara de la mismísima Mona Lisa. Gaspard, quien portaba la cámara, hacía bromas respecto a lo terrible que fue presenciar un nacimiento natural y sobre las caras extrañas que hacía (name) al pujar, pero no reí porque estaba completamente embelesado con el bebé en sus brazos

Era mi hijo. Alexander Kaulitz. Pesó 3.5 kilos, parto natural y completamente sano. Era hermoso ver cómo amoldaba su pequeña cabeza en el pecho de (name) refugiándose en su calor y en el sonido de su corazón. El pequeño bebé tenía ropas celestes que resaltaban su género, tenía la nariz sonrosada y las pestañas espesas. ¿Cómo es posible no maravillarse al verlo? Era mi hijo, mi sangre y el fruto del amor que yo y (name) nos tuvimos hace dieciocho años atrás.
El siguiente video, mostraba a una mujer enseñando a un niño de cabellos rubios a caminar. Era gracioso, sin embargo algo en los ojos de (name) denotaba tristeza. El pequeño reía ante el contacto de sus pies con la hierba, balbuceaba y sonreía mostrando sus dulces ojos a la cámara frente a él. Golpeó la cámara y la mujer que filmaba se rio tomando en brazos al pequeño y los enfocó a ambos. Era Lily, la hermana de Gaspard.

A medida que las grabaciones avanzaban, el pequeño iba creciendo y hablaba más fluido, caminaba, saltaba, corría y jugaba con… espera, ¿ese era Milo? Dios, ya casi olvidaba a ese perro. Tenía una compañera de juegos, Bianca, pero ella no parecía ser de su  completo agrado ya que graciosamente la ignoraba. Pero al pasar el tiempo, quien grababa era (name), quien se encontraba sola con el pequeño niño. Ella lo crio sola y eso era lo que más me dolía; perderme la vida de mi hijo durante todos sus años.

Las fotos, mostraban ecografías, un niño sonriendo con un pequeño agujero en su boca y trofeos en sus brazos, dibujos… y a ella con una panza gigante que levantaba sus camisetas, vestidos y tops. Sonreía abiertamente con ojos dulces tocando siempre su vientre. Había una muy graciosa donde ella tenía la lengua azul, un refresco del mismo color en la mano, lentes con forma de corazón y una camiseta que decía con letras rojas “Futura Mamá” y que dejaba entrever su ombligo. Ni si quiera había perdido ese toque jovial con los años.

Copié cada archivo en mi laptop y para cuando desvié por primera vez la mirada de la pantalla, (name) estaba durmiendo en una posición visiblemente incómoda en el sofá. Ella, la Invasora, estaba en mi sofá, en mi casa y en el fondo de mi corazón lo quisiera o no.

¿Por qué nunca comprendí todo lo que ha vivido? ¿Por qué nunca vi que realmente sufrió mucho? Me habría encantado estar con ella cuando nació nuestro hijo, tomar su mano, besar su frente, animarla, y mencionarle lo hermoso que es nuestro bebé mientras lo cargo en mis brazos. Le habría propuesto matrimonio cuando nuestro hijo tuviera la memoria suficiente para guardar ese recuerdo de sus padres como suyo, habríamos comprado una casa en el campo y habríamos hecho el amor cada noche como un ritual sagrado.

Sus ojos estaban cubiertos de una tenue capa gris independiente de la sombra de sus pestañas. ¿Sería demasiado tarde para reparar nuestra relación? Porque ella era mi droga, mi adicción, mi amor y la dueña de mi corazón lo quisiera o no. Siempre sería ella, siempre volvería a ella como un perro a su amo porque no podía vivir sin todo su ser. Me odiaba a mí mismo por no estar con ella durante todos estos años, por perderme tantas cosas.

Habríamos sido la familia que tanto soñé, seríamos felices y no estaríamos parados en este punto donde nuestro hijo yacía desaparecido y la distancia abismante entre (name) y yo seguía creciendo. Quisiera regresar al pasado y cambiar esa noche en la que ella se fue, detenerla y recordarle que siempre estaría con ella y la protegería de todo mal.

No sé en qué momento abrió sus ojos y me observó como si me viera por primera vez en la vida. La luminosidad que desprendía su mirada parecía irreal, como todas aquellas veces que soñé con ella tras su partida. No había rastro de odio y rabia, pero sí de pena como si no pudiera descansar la mente ni en sus sueños. Estábamos tan cerca que podía notar las pelusas en sus ojos nadando en el color cuando pestañaba, sus labios mordidos, las mejillas sonrosadas con el calor de la chimenea y una leve línea de expresión entre sus cejas… todo ella me encantaba, de principio a fin. Jamás podría odiarla lo suficiente como para separarme de la Invasora.

La alcé en mis brazos sin importarme su oposición y su suave quejido. Si iba a dormir, lo mejor sería que fuera en una cama. Sus piernas estabas frías contra mi piel, pero ignoré eso ante el detalle de tenerla tan cerca de mí con su respiración haciendo cosquillas en mi piel y su cuerpo totalmente amoldado al mío. Era como si el tiempo y la distancia no hubiesen pasado por nosotros. Subí las escaleras con el mayor cuidado posible tratando de no alterar su sueño, besé la coronilla de su frente cuando soltó un suspiro y seguí con mi camino totalmente en paz conmigo mismo.

¿Hace cuánto que no me volvía a sentir tan tranquilo? Sé que no podía estarlo, nuestro hijo estaba perdido en no sabemos qué parte y yo pensaba en (name) como si fuera mi centro. Y lo era, sólo que no podía serlo mientras faltara Sascha. Me sentía egoísta al pensar en (name) y olvidar a Alexander, pero una parte de mí insistía en que merecía su atención por un instante, y volver a sentir que aún me quería como antes.

Pateé la puerta de mi pieza siendo silenciada por la tormenta eléctrica. Entré aún con ella en mis brazos y me acerqué a la cama como si fuera un ritual sagrado depositar a (name) en ella. Miré su rostro sonrosado bajo la penumbra, sus ojos brillantes totalmente atentos a cada uno de mis movimientos, como si me vigilara. Me senté junto a ella y puso sus manos a cada lado cuando me dispuse a observarla en su totalidad. No habían más tatuajes, ni heridas sangrando ni arrugas o manchas… sólo piel tersa, suave y…

-Rompí un ventanal y me llevé la peor parte –susurró cuando deparé en una línea torcida en su muslo, lo suficientemente rosa para ser percibida con la luz del exterior.

-¿No te hiciste más… cirugías? Quiero decir, para borrar las cicatrices y…

-No.

-¿No?

Negó con la cabeza como si el solo hecho de hablar fuera un gran esfuerzo en ella. Pero yo quería hablar con ella de manera civilizada, como si no estuviésemos sumidos en nuestros días más oscuros, sino que en plena luz y alegría.

-¿Por qué?

-¿Borrarías lo que tu padre hizo a tu madre?

Vaya, en todo este tiempo, jamás deparé en eso como algo posiblemente fácil de suprimir en mi vida. No esperó una respuesta porque ya la sabía de antemano, puso su brazo en la frente ocultándole en parte los ojos y el cansancio reflejado en ellos.

-Comprendí que ellas me hacen ser lo que soy, Bill. Cada herida es una lucha por salvar mi vida y la de mi hijo, por llegar junto a él sin daño alguno y ver su sonrisa brillante.

Tapé su cuerpo con las sábanas sin esperar palabra alguna. Sentía que una barrera gigante y gruesa se interponía entre nosotros por mucho que quisiera demolerla, casi podía cortar el aire con unas tijeras de lo tenso que se sentía. Pero ella no parecía percibirlo, porque lucía tan cansada que sus ojos se cerraban solos. 

Cada pregunta, frase y mínima palabra que salía de mi boca, parecía ser un veneno tóxico que quemaba los oídos de mi Invasora, y sus respuestas dolían en mí como si fueran un puñal cruzando mi garganta.

Sin embargo sentía que era algo tan inevitable, porque no me podía quedar quieto sabiendo que el silencio se prolongaría y no tendría la oportunidad de tener su atención. Necesitaba hablarle, herirla con mis palabras y ella dañarme con sus respuestas. Un intercambio masoquista, pero era lo único que me haría volver a la vida y tener sus sentidos enfocados en mí.

-¿Alguna vez… preguntó por mí?

-¿Alexander? –susurró como si le costara cada vez más hablar.

-Sí.

Sonrió, una débil y suave muestra de parecer complacida con la pregunta. Quitó su brazo de su frente y lo puso en mi mano. Estaba tibia y suave, y mucho mejor de lo que parecía recordar.

-Desde que empezó a relacionarse con niños empezó a preguntar por ti. Los demás fueron crueles con él y decían que era huérfano y que nadie lo quería, de hecho, más de una vez tuve que cambiarlo de escuelas, jardín de infantes o guarderías.

-¿Qué le decías?

-Lo distraía con juguetes, juegos o dulces. Jamás le dije que estabas muerto o que no sabías de él. Nunca negué nada ni tampoco afirmé.

-¿Cómo… cómo era en su niñez?

Cada palabra que salía de ella, me hacía querer estrecharla entre mis brazos como si no hubiera un mañana. Quería recuperar a mi hijo, formar una familia y volver a hacer que (name) me amara. Entrelazó nuestros dedos y yo presioné firmemente nuestras manos como si ella hablaran por el resto de nuestros cuerpos.

-Cuando nació, lloraba mucho. Me amanecía con él en casa y en hospitales. Los doctores decían que eran cólicos y era normal, pero yo presentía que le faltabas y notaba tu ausencia… y así fue. Compré uno de tus discos, y eso parecía relajarlo y callaba.

-Vaya… mi pequeño fan.

-Luego dio sus primeros pasos y primeras palabras. Ahí dijo “mamá”. Después perdió su primer diente y…

-¿Cuánto dinero pusiste bajo su almohada?

-Su primer dólar.

-¿¡Uno!? Yo le habría puesto cincuenta euros.

-Era un niño, Bill. ¿Qué iba a saber de cuánto era eso? –se rio dulcemente y mi sonrisa se agrandó más junto a la suya.

-Vale, vale. ¿Su primera caída? Una fuerte, quiero decir.

-En bicicleta a los cuatro. Se enterró una espina y tuve que llevarlo al hospital.

-¿Su primer beso?

-Humm… creo que a los cinco con una niña con aspecto de muñeca. Era linda, pero chillona.

-Vaya, debió sacar de mí lo precoz.

-¡Bah! Yo di mi primer beso en… oh, no lo recuerdo.

-El primer beso jamás se olvida.

-Pues yo lo olvidé.

-Bueno… ¿su primera novia?

-A los doce, se llamaba Lisa.

-¿Eso quiere decir que él… él ya no…?

-No.

-¿Cuándo?

-No lo sé. Pero cuando quise darle la típica charla sobre los cuidados que debía tener, me dijo que ya era demasiado tarde y que no me preocupara porque era muy cuidadoso.

-Vaya… realmente parece aprender rápido.

-¿Algo más?

-¿Por qué de repente estás en Alemania?

Eso pareció descolocarla, como si no esperara que la pregunta fuera directamente dirigida a ella. La sonrisa se difuminó y pasó a ser una simple mueca. Sus ojos se cerraron y algo en mí se empezó a desesperar cuando se demoró en responder.

-Cada cinco años, cambiamos de país. Alexander siempre escoge al azar nuestro próximo destino con un almanaque, y bueno… de alguna manera terminamos acá y no me opuse porque era imposible que te encontrara entre tantos millones de personas.

-Pero así fue.

-Sí.

-¿Puedo… dormir contigo? Digo, sólo dormir y descansar porque esta también…

-Es tu cama, Bill. Tú decides qué haces en ella.

¿Dónde se había ido la mujer que sonaba tan dura, fría y controlada? Sus ojos me observaban con esa luminosidad que parece hacerla única. La veía y sólo podía pensar en todos aquellos momentos en donde nuestras pieles se fusionaban y el mundo desaparecía tras nosotros. Dolía tanto que ahora fuera diferente, que no desapareciera la tensión entre nosotros que no pudiera tocarla sin lastimarnos.

Me deslicé entre las sábanas junto a ella sin quitarme la ropa, sin si quiera mirarla porque me derrumbaría. Me sentía tenso, ansioso y con hambre de ella. La adicción a la droga de la Invasora parecía hacerse más fuerte con el pasar del tiempo. Me puse de espaldas a ella alejándome lo máximo para no perder la cordura. Podía oír su respiración pausada, el susurró de las sábanas rozando su piel, el movimiento de sus piernas y apostaría a que los latidos de su corazón. Toda ella me llamaba como las sirenas a los pescadores. No podía cerrar los ojos y tratar de dormir, me costaba un montón hacer como si no tuviera al amor de mi vida atrás de mí.

-¿Bill?

Su susurro despertó aún más mis sentidos, mis músculos y pensamientos. ¿Acaso ella tampoco podía estarse quieta junto a mí o le incomodaba mi presencia? No me giré porque quería ver su reacción, saber si así se dormiría más rápido y así descansaría, eso sería lo mejor. Así ambos podríamos renovar energías y continuar con la búsqueda de nuestro hijo.

Oh… Nuestro hijo. Sonaba tan bonito, peculiar y fluido, que parecían ser palabras que ya formaban parte de mí y que simplemente creía olvidadas.

Se movió detrás de mí y rápidamente cerré los ojos fingiendo estar dormido. No sé qué habrá hecho, pero por un instante los movimientos cesaron y comencé a cuestionar mis dotes de actor calificándome como el peor del mundo. Algo hizo cosquillas en mi brazo, fue tan leve que duró menos que un pestañeo.

-Bill…

Lo escuché tan cerca, tan suave y tan dulce que creí perder el control. ¿Qué pasaba con ella y conmigo? ¿Por qué de repente era ella la que parecía estar más despierta que nunca? Un mechón de su cabello rozó mi mejilla, picando levemente mi piel. Estaba tan cerca, que podía sentir el aroma de su piel y el aire de su respiración. Debía estar sentada de alguna manera que no se rozara su cuerpo con el mío.

Una mano tocó mi brazo con una caricia sutil, más cabello rozó mi piel y un sollozo se escapó de su boca revelando el dolor que sentía al contenerse. Abrí los ojos automáticamente buscando su rostro con un repentino deseo de borrar de su cabeza el motivo por el cual lloraba, pero no fue necesario porque estaba justo frente a mí tal y como mis pensamientos lo exigían. No notó que la miraba, porque sus ojos cerrados a unos centímetros de los míos parecían concentrarse en su interior y calmar su tormento personal. Lágrimas salían de ellos y las gotitas mojaban mi cara como si fuera lluvia del exterior. Su mano temblorosa se depositó totalmente en mi brazo y lo siguiente que vi fue la cercanía de sus labios con los míos. La textura suave de ellos que recordaba en sueños como un acto masoquista, el recuerdo de nuestras lenguas peleando por el espacio de nuestras bocas y los dientes mordiendo con firmeza… todo ello desapareció de golpe como si fuera la peor de las mentiras comparado con los labios que estaban sobre los míos en estos momentos.

Ya no aguantaba más,  su desesperación se traspasaba a mi piel como si fuera agua. Ya no podía seguir ignorando a la Invasora por más tiempo. Había vuelto a ser el adicto loco por ella, a caer en su juego y sus redes como siempre ha sido.



INVASORA

¿Qué importaba ya? Él estaba dormido y los estragos del alcohol se hacían presentes. Pero seguía inquieta, y más aun sabiendo que todo mi ser lo deseaba hasta la última gota. Tenía la necesidad de olvidar todo el dolor que había guardado desde que lo dejé, de borrar mis errores por mucho que fuera imposible. La desesperación de no saber el paradero de mi hijo, junto con la ansiedad de tener a Bill a mi lado y no poder tocarlo, parecían acabar con mi tranquilidad a pasos de gigantes. Y el resultado final fue el desprendimiento de un mar de sensaciones que acabaron por dominar mi cuerpo y besar a Bill como quería desde que me paré frente a su casa. Tendría tiempo de sobra para arrepentirme, pero ahora sólo necesitaba sentirlo cerca pese a no ser correspondida.

La textura de sus labios, sus brazos y su aroma… nada había cambiado. Era el mismo Bill al que siempre he amado desde que nuestra relación fue algo más que un simple saludo, fue inevitable no sentirme aliviada de ello.

Y luego, no sé en qué momento, sentí su respuesta suave e intensa que aceleró mi ritmo cardíaco y enloqueció mis sentidos. Me posicionó sobre su cuerpo tibio sin poner barreras a lo que hacía. Me senté a horcajadas con una pierna a cada lado de él y sus manos quemando mi piel como si fuera la más intensa de las hogueras. Empecé a amar esa oscuridad que nos rodeaba y el parpadeó de la tormenta eléctrica colándose por las ventanas, era una perfecta burbuja.

El dolor en mi interior fue sanando hasta convertirse en finas cicatrices como las que rodean mi cuerpo. Repentinamente me sentía feliz, ansiosa y con una sola palabra rondando por mi cabeza empujando a las demás a los rincones más oscuros… Bill.

Me separé de él y sus labios, obligándome a ver su rostro bajo las sombras tenues de la noche. Sus ojos estaban abiertos, brillosos y observándome de la misma forma en que imaginaba que debía estarlo yo. No había molestia en su rostro, no había enojo y rabia, todo era pacífico en él. Una de sus manos acarició mi mejilla con una suavidad que derretiría el Ártico y noté la humedad que dejó mi mejilla en sus dedos.

-¿Qué…?

-Yo también te necesito –murmuró con aquella voz profunda que hizo vibrar mi cuerpo sobre él.

De ahí, tras sus palabras y mi repentina sonrisa verdadera, todo lo que vino fueron roces y caricias que me hacían flotar como si estuviéramos en una nube. Se sentó desprendiéndose de su camiseta y yo hice lo mismo, sintiéndome como una prisionera bajo la tela. Bloqueó mi cuerpo cambiando de posición y dejándome a mí bajo él. Dejé mis piernas separadas lo suficiente para sentirlo cerca, y recorrí su torso con mis manos tocando el relieve de la tinta en su piel. Tenía más tatuajes de los que recordaba, todos ellos con bellísimos diseños que me gustaría apreciar con la luz del sol por la mañana y delinearlos con mis dedos. Sus brazos amortiguaron su peso a cada lado de mi cabeza y me obligué a perderme en sus ojos que no dejaban de observarme como si fuera una extraña criatura la que estuviera frente a él.

-¿Pasa algo? –susurré sin ánimos de hablar alto.

-Sí. Pasa que sigo queriéndote más de lo que debería.

Y ahí había una nueva espina rasguñando las heridas para que volvieran a abrirse, una espina llena de inseguridades e indecisión. Pero la risa de Bill detuvo el recorrido punzante de ella y me dejó sorprendida. Su risa… me encantaba su risa.

-No pongas esa cara, Invasora –depositó un beso en la punta de mi nariz y su sonrisa dulce y fresca volvió a aparecer.

-Es que…

-¿Por qué no simplemente nos dejamos llevar? Ya arreglaremos el mundo, (name). Pero por mientras disfrutémonos.

-Y Alexander…

Puso su mano en mi boca, tapándola completamente y acallando mis palabras. La profundidad de sus ojos me advirtieron de la seriedad de sus palabras y de los sentimientos que había tras ellas.

-Merecemos esto desde que nuestras vidas se separaron. La búsqueda de nuestro hijo la retomaremos cuando amanezca.

Y ahí estaba esa nueva palabra que cruzaba sus labios como la más hermosa de las odas. Era como bailar entre nubes y observar un cielo estrellado. Nuestro hijo. Dos palabras que podrían revivir del todo mis sentimientos a por él como si fueran un interruptor de luz. Él también lo notó, no fue necesario hacérselo saber porque su sonrisa lo dijo todo. Era nuestro hijo, nuestro fruto, nuestra vida y la prueba de la existencia del amor que hubo en nosotros. Y si aún queda de ese amor, espero que no se acabe.

Quité mis ropas de mi cuerpo con una seguridad impropia de la que seguramente me arrepentiría más adelante. Bill hizo lo mismo y cuando nuestros cuerpos se tocaron en su totalidad, algo se removió en mi interior alegremente como si añorara esta cercanía tan íntima. Quizás fuera cierto, extrañaba la sensación de su cuerpo junto al mío y esto era lo más cercano al paraíso de mis pensamientos. Vi más sombras de tatuajes en su piel, quería ver cada detalle de ellos como una desquiciada observadora. Toqué su piel caliente y sin imperfecciones, soltando suspiros cuando sus labios empezaron a jugar con mi piel produciendo un remolino de sensaciones intensas. Todo con Bill era intenso; amarlo, odiarlo, tocarlo, besarlo, gritar, llorar… daba igual el sentimiento, acción o emoción porque todo se transformaba en una montaña rusa cuando estaba con él, y ahora me sentía en la cima de ella, a un paso de caer hasta el punto más bajo con esa sensación de adrenalina en el estómago.

-Dime si es demasiado –mordió el lóbulo de mi oreja y mi cuerpo reaccionó automáticamente con su voz y contacto-. Dime que pare si no me quieres… ¿me entiendes?

-Humm…

Pude sentir su sonrisa ante mi asentimiento/gemido. Tomó mis manos entre las suyas y las unió sobre mi cabeza, sus largas pestañas rozaron mis mejillas antes de que su boca se uniera a la mía en una danza vertiginosa. El tiempo no había alterado nuestros besos, nuestras sensaciones y esperaba que tampoco nuestros sentimientos. ¿Cómo se puede vivir tanto tiempo alejada de la persona a la que amas? Es terriblemente doloroso saber que no puedes verla, ni tocarla o simplemente hablarle. Es como vivir durante siglos en un desierto sin encontrar un oasis o un poco de agua entre tanta arena, suerte que tenía a Alexander conmigo.

Sentí la penetración como algo tan normal y completo que fue inevitable suspirar de felicidad. Extrañaba todo su ser como si fuera el alma de mi cuerpo. Su nombre salió de mis labios al mismo tiempo que nuestros movimientos empezaban a fluir como agua. Eran sensaciones tan intensas, que rogaba no desmoronarme bajo su cuerpo. Sentí una gotita de su sudor caer en mis labios, la saboreé sintiendo la sal en la punta de mi lengua. Atrapé sus labios con mis dientes para atraer su rostro al mío pese a la dificultada de eso. Ambos jadeábamos por aire, nuestras bocas estaban juntas y a la vez separadas con sus movimientos. Separé mis piernas y él puso una mano en la parte baja de mi espalda cuando el ritmo empezó acelerarse, juntamos nuestras frentes y traté de no perderme detalle alguno de sus facciones relucientes bajo la noche. Tomé su cabello entre mis dedos, gemí su nombre un montón de veces y toqué su piel hasta que mis dedos de agarrotaron, pero jamás lo detuve.

¿Acaso debía detener lo que hacíamos? No. No mientras ambos lo necesitáramos. Las voces en mi mente enmudecieron, y supe que esta noche sólo seríamos nosotros dos como nuestra primera vez juntos.



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Lamento mucho la demora y espero que este capítulo recompense la espera tan larga.